Reconozco que me he acostumbrado a vivir en una penumbra constante. Cuando los ojos se acostumbran a esa falta de luz puedes llegar a ver las cosas, distingues formas aunque muchas veces esas formas se tornan bizarras.
Vivo atenazada por el miedo a encender la luz. Cuando los electrones comiencen su frenético baile por el filamento de tungsteno mi pupila deberá cerrarse y dejar pasar sólo la luz que necesito. Este proceso suele doler, no me gusta sufrir gratuitamente.
Voy a encender la luz...
Después de un tiempo en el que creí quedarme ciega me he dado cuenta de que todo se ve con más claridad. Lo que parecían objetos bizarros y aterradores ahora son objetos ordinarios. Además ahora veo más allá, veo más cosas y con mucha más claridad.
El proceso no ha sido agradable pero supongo que a partir de ahora no volveré a darme un golpe con algo que no veo.

