martes, 5 de febrero de 2008

La educación de un hada

Iré a la deriva, sin saber hacia dónde; de vez en cuando pasaré por aquí, cargado de regalos y de risas forzadas, y haré la comedia de los cambios de aire, de la nueva vida, de la despreocupación y del borrón y cuenta nueva para tranquilizarte. Para comprobar con el orgullo amargo que caracteriza a los sacrificados, que la vida sigue a pesar de que yo ya no esté. Desapareceré sin dejar rastro. Ése será mi destino, mi dolor, mi orgullo. Ya he empezado a entrenarme. Cuando vuelvo del supermercado al que voy para olvidar, inventándome personalidades distintas, intento imaginarme que ya me he ido, que he dejado el equipaje en otra parte y vuelvo para saludaros; buenos días, cómo estáis?, no me echais de menos, tenía ganas de veros, el jardín está precioso, los perales necesitan agua, los pájaros tienen muy buen aspecto, todo está igual que antes...

Día tras día, trayecto tras trayecto, la imagen del cuadro adquiere nitidez. La única incognita, la única variable, es ese otro que no soy yo, mi sucesor, que tan pronto ocupa mi lugar, vive en mi granja, soporta a la criada, abraza a mi mujer y cuida de nuestro hijo, cómo no. Pero aun así su presencia no cambia nada, todo sigue igual que antes.

En qué piensas, amor mío, al otro lado de la pared, en este insomnio que nos une? Seguro que en nuestro futuro. El reparto de bienes ya ha empezado, y tu me has dejado el pasado.

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